Yo dejo que el mismo camino, el mismo viaje, me vaya marcando el camino. Y hasta ahora ha sido exacto: voy dando a los lugares ciertos con las personas ciertas. Y como no espero nada es real, todo es digno.

No hay pleonasmo en las palabras de Guillermo Coudray: el camino le marca el camino. Su viaje por el mundo es antagonista de los itinerarios programados. Lo suyo es ir en busca de lo desconocido, de lo inesperado, y, sobre todo, de la gente.

Yo salí de Buenos Aires, le di toda la vuelta a Paraguay y entré por el sur al Brasil; no quería entrar por la costa, sino por la parte del Mato Grosso, que es fantástica. En Brasil hice todo el Mato Grosso do Sul. Recorrí como 18 mil km, luego fui a Minas Gerais, subí hacia el Noroeste hacia Amazonas y me fui a conocer la ciudad de Fordlandia, ahí en Amazonas, que tiene una historia interesantísima. Hay que penetrar 50 kilómetros en la selva para llegar a esa ciudad, y de ahí me fui a Venezuela.

Fordlandia fue la ciudad industrial que erigió Henry Ford hace casi un siglo en el Amazonas. El magnate deseaba asegurar el suministro de hule, vital para sus fábricas de automóviles. Ford intentó imponer una forma de vida estadounidense y puritana, sin una investigación rigurosa de las realidades sociales ni biológicas de la región. A la postre, el proyecto resultó inviable por las plagas que atacaron a las plantaciones y por la competencia de los materiales sintéticos. Fordlandia, con sus gigantescas instalaciones terminó convertida en ruinas, pero según relata el periodista Simón Romero, de The New York Times, no está abandonada: unos dos mil habitantes han adaptado según su leal saber y entender las construcciones estadounidenses, que, en ese sentido, justificaron la antigua fama de los “productos americanos” por resistentes y perdurables. Casi no hay automóviles en Fordlandia; es el reino de las motocicletas.

En Venezuela iba a estar dos días, cinco días, estuve dos meses y medio. Los amigos no me dejaron seguir un kilómetro solo, realmente estaba peligroso y me acompañaban todos, me lo recorrí de punta a punta.

Para continuar su viaje, Coudray vivió una odisea: tuvo que enviar la motocicleta por contenedor mientras él trataba de cruzar la frontera hacia Colombia conforme a la ley, pero se topó con muchos obstáculos. Por fin logró su propósito:

De ahí salté a Panamá, y empecé a recorrer Costa Rica, Honduras, El Salvador, Guatemala.

Coudray viaja sin ataduras ni itinerarios. Esa actitud libre de planificaciones, como un vaquero errante en busca de aventuras, se expresa en su sitio Diario de un capacete2, donde comparte fotografías, videos y vivencias con todo aquél interesado en ver el mundo que nunca descubren los turistas guiados por las rutas predecibles. Un rebaño de camellos en el Sahara, un puesto de frutas en Marruecos, una estación del tren de alta velocidad en Cataluña, las tribunas del Camp Nou para ver a Messi… Es como un National Geographic de un solo hombre. Guillermo Coudray es bien conocido en Argentina como prominente figura del ámbito inmobiliario. Coudray es uno de los expertos entrevistados por el diario La Nación en un reportaje sobre esa especialidad3. Pero en estos momentos, todo ello ha quedado entre paréntesis. El actual Guillermo Coudray es un motociclista viajero. Llegó a México “sin previa cita” y como en todos lados, pronto se ganó nuevos amigos.

Donde me gusta me quedo y donde no me siento a gusto me voy. No pertenezco a ningún moto club. La verdad es que no conocía a nadie.

La gran resolución

Con la mira puesta ahora en Rusia, Coudray revela que salió hace ocho o nueve meses de la capital argentina. Entre el momento en que resolvió emprender el viaje y la partida transcurrieron un año y dos meses.

Yo internamente venía haciendo varios procesos. Uno mide, uno ve cuando viene generando cambios internos, lo que me apasionaba ya no me sigue apasionando, lo que antes me motivaba ya no me motiva. Es parte del crecimiento como persona. Y un día me levanté, me fui a la oficina. Yo tenía una empresa, con mis colaboradores. Hacía la vida de todo el mundo. Me divorcié hace dos años, mi hija ya estaba grande, hoy tiene 21 años. Lo que estaba haciendo no me motivaba nada, ni para el crecimiento mío personal ni económicamente.

La adquisición de bienes materiales, de un nuevo coche, ya no estimulaban al exitoso empresario porteño.

Me dije “¿Qué estoy haciendo? ¿Dónde voy? Yo siempre fui bastante emprendedor”. Siempre digo que una de las grandes cosas que me han pasado fue haberme caído. Yo me caí dos veces y para mí fue la mejor escuela que tuve. Todo eso lo capitalicé para después potenciarlo dentro de lo posible, a veces hay factores externos que uno no controla. Y nunca les tuve miedo a los cambios. Por aquí no va. Hay que buscar, hay que cambiar.

Y me fui todos los días pensando “¿y ahora qué hago?”. Porque ya lo había experimentado, el meollo no era desarrollar otra actividad. Una actividad en que me fuera muy bien, excelentemente bien y dijera “voy a comprarme diez aviones”, eso a mí no me importa. A mí esas cosas no me generan absolutamente nada. Entonces pensé en viajar. Ahí justamente está lo que yo estoy buscando, ahí está lo desconocido. Yo creo que nada nos da más conocimiento más que el viajar. Me dije: “¿Puedo? Me organizo, puedo hacerlo”. Siempre pensando en tres, cuatro años, porque es un cambio. Yo cambié la mira 180 grados.

La única gran preocupación de Guillermo Coudray era su hija, que se había criado en el sur y que se había ido a vivir con él, en Buenos Aires. Si ella le decía que no, adiós, viaje.

Esa noche nos damos un besito y le cuento: “Pasa esto, se me ocurrió hacer esto… Si vos me decís que no, busco otra cosa”.

La joven se mostró encantada con la idea y Coudray se abocó a preparar su gran viaje.

Esa noche me puse en Internet y no había visto nada, pero nada; no conocía gente que hubiera viajado. Yo hice algunos viajes así, pero una cosa es la gente que hace un viaje y otra es el viajero. Con el mismo medio de transporte, pero son dos personas totalmente distintas. Así que me pongo a mirar en Internet y descubro a Emilio Scotto, a quien yo ni lo conocía. Ni sabía quién era; empecé a mirar y dije: “¡Qué tipo, eh! ¡La historia que ha vivido, lo que debe tener para contar!, etcétera, etcétera, etcétera.”

Lo que le sucedió inmediatamente a Coudray le resultará difícil de creer a mucha gente; parece un episodio de novela o de película. Pero fue auténtico. Para el empresario se trató de una respuesta a sus inquietudes.

A la mañana siguiente me levanto, me voy para la oficina, yo tengo la oficina a veinte cuadras de mi casa. A mitad del camino, dobla Emilio Scotto, en una camioneta que tiene toda ploteada, una cosota. La vida te hace señales todo el tiempo, yo estoy muy atento en mirarlas, oírlas, yo le hago mucho caso. Me acerco me pongo a platicar con él dos minutos y le digo “hasta ayer yo no sabía quién era usted”. Fue muy macanudo, muy macanudo. ¡Imagínate! Para mí fue un mazazo. Tardé un año en organizar todo para salir, y él se acababa de mudar a ocho cuadras de mi oficina y después nos hicimos muy amigos.

Es súper agradable, y el tipo lo que tiene es que no es egoísta; él trata de ofrecer todos los conocimientos que posee, él te los comparte. Eso no es muy común, no todo el mundo lo hace.

Coudray, quien recuerda a un muchacho a quien aconsejaba Scotto respecto a cuál época del año le convenía más emprender su viaje, además de eso, le comentó al bisoño: “Estos viajes son muy particulares, cada uno tiene que hacer su viaje yo ya cargo con mis miedos y mis prejuicios y aparte tengo que cargar con los ajenos.

Además, qué pequeño es el mundo: yo tengo un grupo de amigos que después conozco con el tiempo y uno de ellos es quien se queda en remplazo de Scotto cuando éste se va del laboratorio. Y estaban todos cuando el muchacho sacó la moto y la moto se cayó.

La motocicleta correcta y sus alrededores

Andrés Martínez pregunta: “¿Cómo seleccionaste la moto para tu viaje?”

Yo tenía una BMW. Todas las marcas tienen sus fanáticos, hay gustos para todo. La realidad es que para mí fue sumamente importante que la marca con más servicio en todo el mundo —no hay otra marca que tenga tantos post venta— sea BMW. Hay motos buenísimas. Yo no soy quién para decir si son motos mejores o peores, yo no tengo una idea, pero hay muchísimos lugares donde solamente vas a encontrar un servicio BMW. Vos podés tener la mejor moto del mundo, pero si no tenés los repuestos, si no tenés quién te la arregle no te sirve de nada. Así que la mejor moto es aquélla a la que vos podés conseguirle los repuestos, a la que vos podés hacer que te la arreglen, la que da estas facilidades, Y para mí no había duda de que era ésta, al margen de que es una moto que me gusta mucho; la comodidad que tiene, la tecnología que tiene. Me parece una moto fantástica.

¿Tuviste que recibir alguna preparación especial, tomaste cursos de primeros auxilios, de mecánica?

Yo de mecánica algo sé, es medio mi hobby. No de electrónica y hoy día… Y de primeros auxilios, lo básico. Yo me enfoqué en el viaje. Mi oficina yo la cerré. Mis amigos me decían: “¡Cómo la cierras después de veinte años!”. Yo me dije: “Si la mantengo lo único que voy a tener es plata y problemas. No estoy viajando, estoy viviendo. Para mí este viaje es mi vida.”

Tu hija, ¿con quién se quedó a vivir?

Mi hija es independiente. Desde los 19 vive sola, trabaja. Ella se crío muy independiente, lo cual para mí es un orgullo. Antes de salir me dice: “Me la pusiste difícil, ¿eh? … A los dos días me dijiste ‘le doy a dar la vuelta al mundo’. Y te fuiste. Me pusiste la vara hacia arriba”. Dice: “No me había dado cuenta, pero ésa era la actitud y está buena”, porque la idea que le dejo que se puede lograr todo”.

¿A ella no le interesó tu negocio?

Le dije: “¿Para qué vas a estudiar la carrera si a ti no te gusta? Te di la posibilidad de tener más cosas de las que yo poseía cuando tuve que arrancar. Haz lo que te gusta, haz lo que quieras. Dedícate a viajar”. Pero fue y se anotó; en aquel momento yo era consejero y le conseguí una vacante en el Colegio. Si uno tiene la posibilidad de elegir, hay que elegir según el gusto, porque si no las cosas no salen bien.

¿Y cómo se resuelve la parte económica?

Eso es particular de cada uno. Hay gente que viaja sin nada. Yo me he cruzado con un muchacho que viaja con un perro y consigue hotel y consigue restaurante y saca fotos con el perro, entonces le hace la publicidad. Al final está viajando y no tiene un peso. Nosotros con otros amigos lo equipamos, porque andaba viajando en bermudas: le dimos un pantalón, le dimos unas botas, una chaqueta.

Cada uno elige cómo quiere viajar. Yo en lo personal —eso me está pasando— cada vez disfruto más con menos. Y sólo me encuentro eso lindísimo. Lindísimo. Desde que salí, ya mandé de vuelta treinta libras de equipaje. De cosas que no voy a usar; en seis meses todo lo que me compré fue una remera ¡una remera!.

(En la vida urbana) todos los días te compras algo. ¡Todos los días! Hay cosas que no vas a usar jamás ni sabes para qué las compraste. Y trato de moverme con los pies bien sobre la tierra. Yo tengo 47 años, por primera vez fui a un albergue (hostel). Y tengo las fotos. Era una habitación con 14 camas, un hospital: cinco alemanas, dos suizas, tres alemanes, un francés, una muchacha de Irán. Y estábamos cada uno viviendo en su mundo con mucho respeto. Eso es en todo el mundo.

Después, en Costa Rica, paré en uno. Era una habitación, había seis colchones, pero estaba un hombre solo. Un texano. El tipo estaba buscando una propiedad de 700 mil dólares para armar un hostel; después con una suiza que tiene un hotel en su país y para en hostel. Para mí son cosas geniales.

En plena plática, llega un mensaje de Gerardo Seeliger, el español que le ha dado tres veces la vuelta al mundo. El peninsular siguió otro sistema; en cada sitio paraba en el mejor hotel.

Lo bueno no está ahí —comenta Coudray—, los paisajes, más bonitos, más feos, son semejantes, depende de la región. De una región a otra cambian mucho, pero en una misma región son más o menos similares; la diferencia está en la gente. No me aboco a los paisajes, yo me enfoco en la gente. Vos podés estar en el mejor lugar del mundo y si la gente no es agradable, no hay nada qué hacer. Yo digo que conozco el lugar cuando logro conectar con alguien de la zona. Cuando él me cuenta sus intimidades y he creado vínculos a lo largo del viaje y que yo sé que son amigos para toda la vida; y yo tengo ganas de volver a verlos y ellos quieren que yo vuelva a verlos.

El lugareño nos enseña cosas que en el mejor hotel del mundo nadie verá. Andrés Martínez bromea: “No van a aparecer las cinco alemanas”. Lo cierto es que otros aventureros como la germano-argentina Isabel Suppé llegan a las mismas conclusiones que Guillermo Coudray; otro tanto sucede con los periodistas como Reed y Kapuscinski, no hay fuente que ofrezca información tan desconocida para el forastero ni tan vasta como la gente de cada comunidad.

Se le comenta a Coudray que, amén de la red de concesionarios BMW, Boxer Motors cuenta con una red de amigos a través de los numerosos clubes BMW, los cuales podrían apoyarle en caso necesario. Al aventurero le gusta la idea y agrega: “Aparte, uno quiere tener una amistad.” De nuevo Andrés Martínez agrega: “Y con los mismos gustos, pasiones, desviaciones…”. Coudray comenta que hay quien le ofrece datos de amigos en diferentes poblaciones, pero si esos amigos no son motociclistas, en realidad no pueden orientarle mucho.

Por ejemplo, en El Salvador y Honduras no conocía a nadie; contacté a una persona excelente, al final terminé parando en su casa, No lo conocía, lo contacté por Internet; es el concesionario de BMW en San Salvador; tiene los accesorios, las refacciones, es motociclista me orientó me dijo por dónde ir.

A Seeliger estos contactos le resultaron muy valiosos cuando pasó por México; en Guadalajara se le averió la moto. La refacción habría tardado un mes en llegar, por fortuna, un miembro del club BMW tapatío le facilitó la pieza. Para un forastero, además, la hospitalidad de los clubes locales significa el apoyo de gente que entiende al viajero, que sabe lo que éste busca, y le puede llevar a los sitios de interés ajenos a las trilladas rutas del turismo.

Muchas veces yo de pronto me desaparezco, no aviso a dónde voy, porque con la mejor voluntad del mundo los guías quieren mostrarme todo su lugar, y yo no puedo decir que no. Era como un rally y terminaba muerto.

En Brasil, recuerda Coudray, en cada lugar que visitaba los amigos le armaban un festín, con asado, visita a la familia. “Esa confianza, ese cariño, no hay forma de pagarlos”.

¿Cómo es posible que hasta ahora nadie se haya sumado al viaje de Coudray?

Las rutas que yo vengo agarrando no son las tradicionales. No me cruzo con muchos viajeros. Apenas ahora, en Miami se me unió un amigo que hice en Venezuela, se compró una moto y se vino conmigo hasta Alaska, porque lo invité, pues realmente habíamos establecido un vínculo. Pero la convivencia durante un viaje es muy difícil.

En efecto, los mil imprevistos de un viaje provocan desacuerdos y a veces verdaderos conflictos. Un viajero solitario quizá corra más riesgos, pero se ve libre de rencillas. La comunicación con su hija se mantuvo por Internet, pero hay regiones donde no hay señal. Coudray les dice a sus familiares que no se preocupen si no reciben noticias: “Las noticias malas se saben enseguida”.

Hacia el otro continente

Nueva pregunta de Andrés Martínez:

—Y, por cierto, ¿te ha dado algún apoyo BMW, servicio?

—Nada.

—Eso es lo que le falla un poco a BMW: así como tiene muchas agencias, les falla un poco la sensibilidad.

—Ya que tocaste el tema, no te digo que estoy enojado. Pero me molesta que no haya un protocolo particular para los viajeros. Está el que usa la moto el fin de semana, va a tomar un café, la guarda, y si se queda quince días ahí (en el servicio) no pasa nada. Es todo lo mismo y el que te atiende no tiene ni idea ni sensibilidad. A pesar de que tengo la prioridad, no tengo que sacar turno, sería el colmo.

—Pero no eres el único. No hay nadie que no esté enojado con BMW y todas sus variantes, vertientes… Son nefastos, porque no entienden que al final tú eres un embajador de la marca. Deberían ayudarte en el viaje.

Y en los aspectos prácticos del viaje, ¿cómo se resolvió el seguro de gastos médicos? ¿Tienes tarjeta de crédito, o sacas una en cada país o pagas todo en efectivo?

—Voy con la tarjeta de crédito y algo de efectivo, siempre es necesario.

La hermana del viajero se encarga de la administración de la tarjeta, sin embargo, el viaje le ha revelado a Coudray otro problema de servicio:

—Son cosas con las que uno se encuentra cuando sale: los malditos bancos no tienen protocolo para viajeros. Se me bloqueó un documento del banco hace seis meses. Solamente yo personalmente y en la sucursal me puedo dar de alta. Todos los bancos son iguales; todos los bancos tienen dueños, son franquicias. Deberían tener un protocolo para los viajeros.

—¿Y en caso de una necesidad repentina? ¿Tienes un número al que pueda comunicarse la gente?

—Yo cargo un spot, se manda el mensaje y viene el servicio de emergencia más cercano. Además, le avisan a mi familia. Es lo más efectivo. Pago mi suscripción anual y listo, esté donde esté.

—Y en el recorrido, —que ya vi que no es un recorrido sino una vida— ¿hay algún lugar al que le quisieras dedicar un poco más de vida? ¿Hay algún lugar donde quisieras radicar un tiempo?

—El mundo está lleno de lugares. No tienen que ir muy lejos. Acá tienen ustedes muchos sitios que son un placer. En todos los países. Pero lo que me gusta mucho, lo que me atrae mucho es la huella, la historia de la civilización misma. Asia es un lugar que me gusta a mí. Yo recorrí bastante Turquía, y me fascinó. Me fascinó, pero no hay un lugar específico.

Me voy a Rusia de punta a punta, después voy a Polonia, donde tengo un amigo que posee un hotel, el Hotel Buenos Aires; subo a Noruega y toda esa zona; bajo por Asia y me voy al Medio Oriente y enfilo hacia Australia, paso por China, Japón. De ahí saltó al África, entro por el sur hacia Europa.

Ahí me quedo más tiempo, en Italia en España también. En Bonito, sur de Brasil, iba de paso, me quedé un mes. Donde me gusta me quedo, si no me corre nadie. En una salida con los amigos tuve el primer compromiso de tiempo. Y me dije “no lo hago más”, porque tuve que venir corriendo. Ellos tienen los días contados porque deben volver.

Hay un par de lugares, yo vine de Oaxaca por la costa hasta Acapulco, y paré en un lugar que se llama Zipolite.

—La playa nudista.

—Espectacular. Había una tranquilidad ahí. Cada uno en su mundo, a la noche vos te vas caminando al pueblito, comés algo… bien tranquilo, relajado. Ahí me hubiese quedado una semana. Y sin embargo no podía.

—¿En algún lugar te llegó a alcanzar tu hija, tuvieron alguna convivencia?

—Iba a venir, pero no le fue posible.

—¿Cómo cruzas desde Alaska a Rusia?

—La verdad no tengo asegurado el medio, cuando esté ahí veré. El avión seguro que te cruza.

—Del lado de Rusia no hay nada.

—No, hay que bajar un poquito. Está la ruta del pueblo más frío del mundo, que llega a 70 grados bajo cero en invierno. En verano la temperatura sube hasta 35 grados.

—Y es puro lodo, es un drama… ¿Y ya tienes determinado dónde necesitas ir cambiando llantas?

—No. Llevo dos, porque son de una medida complicada que no hay. Adelante tengo una General, una que compré en El Salvador y dos originales, seminuevas que me regaló un amigo. Pero yo ya me acostumbré: gasto ésas de pista o de calle y compro unas de taco para la lluvia. 600 kilómetros bajo la lluvia en el modo “Lluvia”, no patiné una vez. Yo vengo con una moto de 400 kilos y yo cien son 500 kilos. La pesé en una báscula para camiones.

—Es decir, son más de 200 kilos de equipaje.

—Ahora debe tener unos 70, 80 kilos de equipaje.

—¿Y acampas o siempre llegas a un alojamiento?

—Siempre que puedo, si es un lugar seguro, me encanta acampar. Lo hice en Paraguay.

—¿Y los Estados Unidos? No es lo que muy el estilo de las cosas que te gustan, yo creo.

—No, pero creo que voy a sacar el boleto anual de los parques nacionales, y voy a armar la ruta posiblemente.

—Eso sí lo tienen muy bien organizado. Son 62 parques nacionales.

—Lo bueno de los Estados Unidos es que estoy esperando a llegar para poder relajarme un poquito y bajar la guardia, porque desde que salí, me he salvado tres o cuatro veces de que me roben, con una camioneta en Honduras, salí corriendo.
—La recomendación en México es que la acampada no existe.

—Tristemente, porque hay una regla básica para todo el mundo, para todos los países, salvo algunas excepciones: la noche está vedada. No te puedo explicar la sensación que yo tengo cuando arranco, a las siete de la mañana, y veo la carretera. Es increíble. Hacia las dos o tres de la tarde, ya veo dónde me gusta algún lugar y me quedo ahí. Yo tengo bastante buen ritmo, así que durante seis o siete horas puedo cubrir bastantes kilómetros.

Pese a ello, Coudray no es un amigo de la velocidad.

—Lo máximo que anduve, pasando un vehículo y todo, fue a 140. Ando a 110… Todo el camino desde Acapulco lo hice así.

—¿Por la autopista o por la carretera libre?

—No, no, por la autopista. Pagué cuatro peajes, pero valió la pena porque la autopista estaba bastante buena. Primero no tengo apuro y aparte me gusta viajar a una velocidad en que yo pueda disfrutar. Quiero sentir que tengo cierta seguridad: yo a 110, 120, siento que tengo dominio ante una situación de frenado, de maniobra. Arriba de esa velocidad, yo sé que ya no. Los frenos no tienen la misma reacción. No voy a arriesgarme; si inclusive te cansaste, la moto no, la moto tiene 600 km de autonomía cargada. Con 500 o 600 kilos, en autopista. Tras 200, 150 km sí paro, solamente para relajarme. A esa velocidad la moto va firme, no se gasta, no te cansás. A 160…

—Desgastas todo, las llantas… Hay tensión y está el riesgo, sí es cierto.

Así termina de momento este encuentro con el huésped bonaerense. Tal vez no todos puedan emular en este momento a Guillermo Coudray, pero a través del Diario de un capacete se puede compartir su aventura cada jornada; más de un seguidor en línea puede encontrar una motivación inicial para, algún día, también arreglar sus asuntos y emprender el camino.