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Jaime E. Ortiz Pallares: ¿Fue una buena decisión?

Jaime E. Ortiz Pallares: ¿Fue una buena decisión?

Imposible dar gusto a todos. La nieve que para mí es la diosa, la novia, Astarté, Diana, la eterna muchacha, para otros es la enemiga, la bruja, la condenable a la hoguera. Estorba sus labores y sus ganancias. La odian por verla tanto y haber crecido con ella. La relacionan con el sudario y la muerte. A mis ojos, en cambio, es la joven vida, la Diosa Blanca, que abre los brazos y nos envuelve por un segundo y se marcha.

Le digo adiós, hasta luego, espero volver a verte algún día. Adiós, espuma del aire, isla que dura un instante. José Emilio Pacheco “La Diosa Blanca” (fragmentos) Había empezado a nevar cuando me vino a la mente el recuerdo de mi amigo Andrés, destacado montañista mexicano, con quien compartí el placer de subir algunas montañas, como el Aconcagua en los Andes argentinos. Ya habían pasado algunos años desde su desaparición en el Changabang.

Poco tiempo antes de su partida a la India, habíamos acordado viajar al Perú a su regreso, para subir algunas montañas de la Cordillera Blanca; su repentina y lamentable desaparición, hizo imposible continuar con nuestro proyecto.

Todo esto lo recordaba a 5,200 MSN en el campamento de altura, a la entrada del glaciar del Tocllaraju, con altitud de 6,032 MSN, en la quebrada de Ishinca, precisamente en la Cordillera Blanca del Perú. Mi amigo Javier Odriozola y yo habíamos planeado un año antes nuestro viaje a la Cordillera Blanca: saldríamos de Lima hacia la ciudad de Huaraz; de Huaraz, a la quebrada de Ishinca para subir dos montañas: el Urus (5,420 MSN) y el Ishinca (5,530 MSN). Íbamos a seguir a la quebrada de Llaca y subiríamos el Vallunaraju (5,686 MSN). Para establecer un campamento base en la quebrada Ishinca, se requiere una caminata de entre cuatro y seis horas.

El equipo y los comestibles para siete días hubo que transportarlos en seis caballos. Al principio la vegetación abunda y el camino se adentra en una cañada que flanquean unas elevadas paredes de granito, con formaciones que le dan vuelo a la imaginación para encontrar todo tipo de figuras. Conforme se alcanza mayor altura, la vegetación tiende a reducirse. Compartimos nuestros pasos con el rumor de un río que se alimenta del deshielo de las montañas; su agua azul turquesa revela el proceso de mineralización.

Previamente a nuestra salida al Perú, le pedimos a nuestro experimentado guía Israel Bretón, que analizara la posibilidad de subir el Tocllaraju en lugar del Vallunaraju. El ascenso al Tocllaraju no se considera complicado; sin embargo, se encuentra sujeto a las variaciones del clima, ya que, para lograr su cima, en condiciones normales, hay que cruzar un puente de hielo en la rimaya* de la montaña, que muchas veces es inaccesible.

El Tocllaraju se convirtió en nuestro objetivo principal; sus glaciares, la nieve que le cubre y, sobre todo, la altura de 6,032 MSN, llamaban nuestra atención. Javier y yo teníamos ya experiencia en montañas de 5,000 MSN. ¡Queríamos ir por la grande! Para nuestra fortuna, cuando llegamos a Huaraz, Israel nos informó que al parecer el ascenso al Tocllaraju sería posible, ya que el puente de hielo de la rimaya se encontraba en buenas condiciones. Tras varios días de campamento en la quebrada de Ishinca, las condiciones del clima habían sido buenas; la naturaleza se manifestaba en su estado más puro y los secretos del silencio viajaban con el frío de cada ventisca. Durante esos días tuvimos oportunidad de alcanzar las cimas del Urus y del Ishinca.

Durante esos días tuvimos oportunidad de alcanzar las cimas del Urus y del Ishinca. Al Urus normalmente se asciende para aclimatarse y evaluar la preparación de cada montañista. Fue nuestra primera experiencia en una montaña de la Cordillera Blanca y el recuerdo del ascenso sigue conmoviéndonos, por la vista que en ese momento se abrió ante nosotros: la inmensidad de la Cordillera Blanca.

El ascenso al Ishinca demoró más, por su lejanía del campamento base; sin embargo, el camino de acercamiento a esta montaña, exactamente al lado opuesto del Urus, descubrió ante nosotros nuevas vistas, ríos y lagunas ocultos desde nuestro campo base. El clima y nuestra preparación permitió que el ascenso alcanzara una belleza difícil de narrar; la hermosura e inmensidad de las montañas me fueron compenetrando en aquel espacio que pocos tienen la fortuna de conocer, sentir y escuchar. Sin embargo, durante este tiempo las nubes mantuvieron cubierta la cima del Tocllaraju.

Fueron pocos los momentos en los que pudimos descubrir la montaña en toda su grandeza. Su inmensidad nos hacía cuestionar la viabilidad de nuestro ascenso, tanto desde el punto de vista de nuestra propia capacidad y condición física, como de aquellos factores ajenos a nosotros, como el clima. Desafortunadamente, tuvimos noticia de que tres jóvenes belgas habían muerto al caer de una pared en el Tocllaraju; el rescate de los cuerpos se efectuó al principio de nuestra aventura, e Israel ingeniosamente se ocupó de mantenernos distraídos.

* La rimaya es una apertura larga y estrecha en el extremo superior de un glaciar situado generalmente al inicio de la pared de una montaña.

Por fin, aproximadamente a las 16:00, a 5,200 MSN, instalamos nuestro campamento de altura a la entrada del glaciar del Tocllaraju. La montaña estaba a nuestra izquierda, detrás de un gran monolito que nos resguardaba de las corrientes de aire. Admiramos el glaciar del Tocllaraju, totalmente inaccesible por el sinfín de formaciones de hielo, cavidades y grietas.

Una cualidad ante esas circunstancias, es la capacidad de no hacer nada, dejar que el tiempo transcurra y que las ansias por el ascenso no mellen la paciencia. Por ello nos dedicamos a comentar nuestras impresiones, cuando, sorpresivamente, escuchamos un gran estruendo: vimos como una gran masa de hielo, a unos 500 metros de nosotros, se desprendía del glaciar y provocaba una avalancha. La naturaleza nos recordaba su poderío. Pese a todo, nuestro plan era comenzar el ascenso entre las 3:30 y las 4:00. Al poco tiempo comenzó a nevar. Nos refugiamos en nuestras tiendas. Creímos que sería una nevada pasajera, pero siguió por horas. Israel decidió que si continuaba durante toda la noche, tendríamos que renunciar a la montaña y regresar al campo base.

Las noches en esos campamentos no son muy placenteras: la altura, la incertidumbre, el viento, el frío y la emoción de emprender un ascenso impiden conciliar el sueño en su totalidad. Me mantenía absorto en el golpeteo de los copos de nieve en la tienda. Esperaba que ese juego de la naturaleza terminara para que empezáramos la última parte de nuestra aventura. A las 3:00 asumí que todo había terminado. Milagrosamente, casi a las 4:00, la nevada terminó e Israel nos pidió que nos preparáramos para el ascenso.

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