Por Guillermo Carter

Como viajero y motociclista siempre había escuchado historias fantásticas de Nueva Zelanda: todos los que la habían recorrido coincidían en que era el paraíso del motociclismo, con caminos solitarios especialmente construidos por y para motociclistas; los paisajes más espectaculares, miles de curvas de todos tipos, gigantescos lagos, alpes, playas hermosas, mucho mar, ríos cristalinos, imponentes glaciares, buena comida, vinos excelentes, gente buena, mucha seguridad y todos los deportes extremos existentes.

Puedo contar ahora que no eran exageraciones: todo es cierto y como testigos están los veintiséis motociclistas de Jalisco, quienes en este último año, han disfrutado de esos indescriptibles parajes.

Una de las mejores ciudades del mundo
Viajamos de Los Ángeles a Auckland en un magnífico Boeing 747 “Jumbo” de Air New Zealand (ANZ). La estupenda comida y un buen centro de entretenimiento acortan en gran medida las 12 horas de vuelo. En el aeropuerto ya nos esperaba un taxista vestido de traje y corbata, educado, atento, en un automóvil limpio, moderno, con aire acondicionado y revistas para leer. Por cierto, en otras ocasiones nos atendieron choferes femeninas muy bien vestidas. Nos tocaron también varios choferes que eran motociclistas y siempre se mostraban interesados en nuestras máquinas y rutas.

El chofer que nos recibió en Auckland no aceptó propina, ya que en NZ no se acostumbra, ni siquiera en restaurantes. Nos llevó al Sky Tower Hotel, en donde se levanta la torre más alta del hemisferio sur. En ella, a 328 metros de altura, se llevan a cabo las competencias del Sky Jumping y el Sky Walking, dos de los muchos deportes extremos que practican los Kiwis, aventureros y deportistas por naturaleza, llamados así por el nocturno y cegatón pájaro Kiwi, el cual no vuela pero corre más rápido que una persona. Sus plumas parecen pelos; la hembra empolla un huevo de medio kilo. El kiwi es un emblema nacional.

Tras descansar un rato, salimos a caminar por esta hermosa ciudad cosmopolita, en la que se respira un aire limpio y seguro. En ella conviven personas de todas las etnias.

Situada en la isla norte, entre el Océano Pacifico y el mar de Tasmania, rodeada por dos magnificas bahías y tachonada por cerca de 50 conos volcánicos, con un millón 400 mil habitantes, Auckland es la ciudad más grande del país. Posee más de 50 clubes de velerismo, el primero fundado en 1852. Los neozelandeses, descendientes de británicos, al igual que los maorís, oriundos de estas tierras, antiguos guerreros y grandes navegantes, son apasionados del mar; pareciera que aquí todo el mundo tuviese un velero; de hecho es la ciudad del mundo con más veleros per cápita. Los domingos, miles de barcos surcan las aguas de la bahía de Auckland, entre las múltiples islas que la circundan, por eso los maorís la llamaron “Tamaki Makau Rau” (la Doncella de los Cien Amantes). Es considerada la cuarta mejor ciudad en el mundo para vivir y la más grande de las ciudades polinesias. Se puede navegar en los mismos veleros que en 1995 y 2000 ganaron la America’s Cup de velerismo.

La ciudad posee más de cuarenta campos de golf, que en NZ aparecen como parques, incluso en poblaciones de muy contadas casas; hay 400 en todo el país, uno por cada diez mil habitantes. Los neozelandeses son gente simpática y educada, sencilla, sin aspavientos; adoran a su país y se enorgullecen de él. Son también muy respetuosos de la ecología. Es de entenderse ya que casi no haya crimen ni propaganda política; los policías van desarmados, los niños pequeños corren libres y viajan solos en el transporte público. No hay grafiti, ni fayuca, ni comercio informal. No se ven borrachos ni pordioseros, y la edad mínima para beber es de 25 años. Los neozelandeses les proporcionan a los visitantes hospital y servicios médicos gratuitos en caso de accidente.

Al día siguiente nos dirigimos a Christchurch, en la Isla Sur. El personal de Paradise Motorcycle Tours Nz nos entregó cuatro flamantes MW R1200 RTSE, todas semi nuevas, de diferentes colores, con sus maletas integradas. De inmediato emprendimos la aventura.
Después de recorrer, a través de los años, catorce países en cuatro diferentes continentes, por fin el sueño neozelandés se convertía en realidad.

Día uno. Christchurch- Hanmer Springs 135 km. Dos horas.
Viajamos por la Ruta Turística Alpina-Pacífico. Pasamos muchas viñas y bonitos paisajes. Llegamos al atardecer a una hermosa villa, a los pies de los Alpes, con pinos colosales y montañas arboladas. Esta aldea es famosa por sus aguas termales, por la práctica de esquí, rafting, pesca en río y lago, salto en bungee, caminatas, trekking en los bosques, amén de excelentes campos de golf. Cuenta la leyenda que tras una erupción volcánica en la Isla Norte, donde cayeron las rocas incandescentes, se formaron estas famosas piscinas termales.

Llegamos a unos muy buenos departamentos previamente reservados y pagados por Paradise en donde nos atendió un amable hippie Kiwi al que no le entendíamos ni papa pero que se reía constantemente y nos puso de muy buen humor. Insistía en darnos unos botecitos de leche para él te, antes de entregarnos las llaves y nosotros no comprendíamos. Me tocó el siete y él decía sivn (sic). El ocho era aight (sic). Cenamos en un buen restaurante atendido por argentinos (hay muchos) unos excelentes bifes y carnes de venado rojo acompañados de buenos tintos y cerveza.

Día dos. Hanmer Springs- Kaikoura- Hanmer Springs. 260 km
Transitamos por una carretera antigua, con curvas cerradas, difíciles; encontramos reparaciones en el camino y por lo tanto grava suelta. También hallamos algo de lluvia, así como un enorme tractor que iba limpiando la maleza al borde del camino. Aunque parezca increíble, no se encuentra tierra al costado de las carreteras, sólo pasto que luego se convierte en más pasto, además de árboles, vegetación y colinas ondulantes. Todo verde. Y siempre hay pasto.

Llegamos a Kaikoura (Kai = comida, Koura = langosta) y en la desviación me subí de inmediato al mirador de la torre de agua, en donde sabía que me esperaba una vista espectacular. En ese momento dejó de lloviznar; desde la altura se veían las dos bahías, la península, las colinas verde-amarillas, las arboledas, el mar color turquesa, con los Alpes nevados como fondo. Cuenta la leyenda que un semidiós maori se sentó a pescar en el borde de la península, sacó de las profundidades a la Isla Norte. Este lugar es conocido por sus paseos para ver ballenas, orcas, delfines y focas, o para nadar con tiburones blancos. Finalmente regresamos por la costa a Hanmer Springs y nos detuvimos a comprar unos excelentes vinos en alguna de las muchas viñas.

Día tres. Hanmer Springs-Nelson. 305 km. Cinco horas.
Seguimos bordeando el río Waiau por fértiles tierras de granjas y haciendas, con vistas abiertas del campo.

Nos detuvimos en las cascadas Mauria, donde platicamos con un rugbista francés enamorado de NZ. Luego subimos por el Lewis Pass (Paso Cordillerano Lewis) a través de bosques de pinos, hayas rojas y plateadas. Se veían las montañas reflejadas en las piscinas del río. El camino es una carretera alpina admirable, con curvas cerradas y ondulaciones con vistas de montaña únicas en el mundo. Hicimos una escala en Murchinson por gas. Como siempre, disfrutamos de las papas con sal de mar y vinagre, deliciosas. Ahí conocimos a unos motociclistas serbios, bosnios y australianos que regresaban a NZ por tercera vez. Seguimos su recomendación: viajamos por la garganta Buller, que sigue el río del mismo nombre y sube al monte Hoppe Saddle. Hallamos ahí más bosques, mil curvas y un manejo fabuloso.

Nos paramos en el Animal Café, negocio en que trabajan solamente mujeres; tiene un pequeño zoológico con llamas, guanacos, ciervos y un excelente café. Nos dirigimos a Nelson vía Woodstock y Motueka, que es el centro del té verde, así como de la fruticultura. Todo el trayecto estaba arbolado, oloroso a manzanas, con poco tráfico y muchas curvas rápidas. Vistas espectaculares de vastas alamedas y bardas de pinos para proteger del viento los cultivos de Kiwis y cítricos. Pasamos la Golden Bay, su hermosa playa Kaiteriteri y el parque nacional Abel Tasman. A lo lejos, divisamos el banco de arena Farewell de 30 Km de largo.

Llegamos a Nelson, que es el primer puerto pesquero de NZ, con las más bonitas playas, prósperos viñedos, lagos y un buen microclima mediterráneo; es el lugar más soleado del país, a orillas del estrecho de Cook, que separa las Islas Norte y Sur.

Día cuatro. Nelson-Punakaiki. 340 km. Cinco horas.
Bajamos al sur por Motueka y volvimos a disfrutar de ese soberbio camino. Tuvimos una escala en Westport, donde compramos vinos tintos, quesos, papas y otras botanas. En Carter’s beach, en la bahía de Tauranga sacamos todo, más los sándwiches que cada mañana fabricábamos en los hoteles, ya que en ellos nos servían un enorme buffet incluido en el precio. Huevos, tocino, salchichas, un pan excelente, las mejores mantequillas, quesos, yogurts y también fruta en abundancia.

Encontramos a unos suizos viajando en un camper; sentados en un acantilado, disfrutaban del sol y la magnífica vista. En todos los caminos hay turistas en campers, muchas veces durmiendo al borde de la carretera ya que hay mucha seguridad. Además siempre se encuentran baños públicos totalmente limpios. Por estas razones se puede dormir al costado de los caminos. Tampoco existen especies feroces, no hay serpientes ni animales venenosos: en realidad, es el paraíso. Pasamos por la colonia de focas y dimos una vuelta por el faro, con unas imponentes vistas al mar de Tasmania en un día glorioso, cálido y soleado.

Entramos entonces a la fantástica carretera a Punakaiki, diseñada y construida por el abuelo de John Britten, motociclista e ingeniero de renombre, héroe admirado por todos los neozelandeses. En los noventa construyó una motocicleta con su nombre, sobre ella desafió y derrotó a los grandes constructores japoneses, americanos y europeos.

Sólo quedan ya diez ejemplares de su gran Britten V1000 de fibra de carbono.

La vegetación cambió, aparecieron los helechos gigantes, símbolo del país, que pueden alcanzar los 20 metros de altura; sus hojas, hasta siete metros. Había también muchas palmeras Nicau. El camino va bordeando el mar, sus curvas demandan toda la pericia y atención. Abundan los panoramas hermosos y las curvas, curvas y más curvas. ¡Espectacular es poco! Encontramos más motociclistas disfrutando del camino semivacío; llegamos a Punakaiki, donde están las famosas Pancake rocks con sus blowholes. Estas están en el mar y en la orillas y tienen 30 millones de años. Están formadas por capas y parecen hotcakes (panqueques). Entre ellas se abren hoyos y se forman túneles por la erosión, que se produce por la fuerza de las olas. Cuando éstas pegan durante la marea alta, el agua explota hacia la superficie como geiser provocando un ruido ensordecedor.

Día cinco. Punakaiki- Franz Josef. 340 km. Cinco horas.
Después de un suculento desayuno, seguimos hacia el sur por la hermosa y curveada carretera pegada al mar azul, con sus crestas blancas bailando con el viento. Pasamos más de diez ríos y lagos azules, hermosos; nos detuvimos en Hokitika (Ciudad del Jade) donde compramos algunas finas joyas. Este poblado tiene el día de hoy tres mil 500 habitantes, aunque en la época de la fiebre de oro contaba con más de 100 hoteles en la avenida principal.

El escenario cambió cuando entramos en la tierra de glaciares. Native rain forests, antiguos bosques nativos verdes, lozanos y exuberantes con un camino que se oscurece de tanta vegetación: maleza, pinos, palmeras, helechos gigantes y pequeños: en ningún lugar del mundo a estas latitudes han avanzado los glaciares tan cerca de la costa, forman un gigantesco río de nieve y hielo, que desde las alturas se abre paso al mar bajando entre las montañas.

Desempacamos en unas elegantes y modernas cabañas en las afueras de la aldea, y manejamos hasta el pie del glaciar Franz Josef (GFJ). Después de caminar media hora por el bosque nativo, llegamos al cauce del río por el que baja el glaciar. Mide unos 200 metros de ancho. Al fondo, a varios Km se ve imponente el GFJ. Este río congelado avanza hacia el mar y ha viajado 1.7 km desde 1985, recorriendo 70 cms al día.
Más espectacular aun es el paseo en helicóptero: el aparato sube entre ciclópeas paredes de montañas hacia la cumbre, y aterriza en la nieve virgen, blanca, fina como arena. En esa enorme majestuosidad uno se siente pequeño, como hormiguita en medio de un océano blanco y puro. Se desciende después por el glaciar Fox a 20 km de distancia del primero, e igualmente espectacular. A lo lejos se divisa en un día claro el monte Cook, el más alto de la isla, así como también la cadena de los Alpes de NZ con sus cumbres de nieves eternas.

Día 6, Franz Josef- Queenstown. 360 km. Seis horas.
Cambió el clima: desde temprano llovió y llovió. Una fina llovizna fría, de ésas engañosas que mojan poco y provocan que uno se resista a ponerse el traje impermeable. Las motos se comportaban bien en el camino mojado, pesadas pero estables. El ABS ayudaba para no patinar durante las frenadas en medio del exceso de agua; los buenos neumáticos nos mantuvieron sin problemas en las muchas curvas. Nos paramos en el lago Murchinson para ver el reflejo del monte Cook, mas no se veía nada por la lluvia. Éste es uno de los paisajes más fotografiados de la isla. La segunda escala fue en Bruce Bay, donde la tradición obliga a escribir el propio nombre en una piedra y depositarlo en la arena para asegurar el regreso. El mar se veía bravo, gris y helado.

Continuamos al Knights Lookout con un amplio panorama desde los acantilados. Ahí conocimos a tres españoles, dos mozas y un chaval que viajaban en un cochecito japonés. Más adelante arreció el agua y medio helados nos pusimos los trajes impermeables. Entramos al paso cordillerano Haast, el más bajo de los cruces, que sube serpenteando por un río que se veía gélido. Nos saltamos las paradas en la granja de salmones y en las cascadas Fantail, así como las programadas en varios miradores, para llegar finalmente a Makarora, única estación cordillerana de la zona ubicada entre montañas en medio de la nada.

Después de una sopa caliente cargamos gasolina en unas bombas del año de la canica y continuamos el viaje con un sol radiante que prontamente secó nuestros trajes. Súbitamente desembocamos en un enorme lago, el Wanaka, y por sus orillas manejamos por 25 km de curvas rápidas, perfectas, con muy buen ritmo; seguimos como bailando, hasta que de repente, al llegar a un cerro, el camino se curveó a la izquierda. Tristemente vimos que abandonaba la orilla del lago. Siguió una pendiente, otra curva y ¡sorpresa! Apareció otro lago, el Hawea, igual de bello e imponente. En las laderas de los cerros se veían muchas ovejas y vacas, también manadas de venados. La vegetación ya era más escasa; las aguas limpias y cristalinas del lago reflejaban las montañas, como marco en un cuadro; aparecieron luego los Alpes del sur con sus picos nevados y el parque nacional Mount Aspiring.

Esta belleza duró otros 50 Km, hasta que llegamos a la ciudad de Wanaka, a orillas del lago que habíamos dejado atrás. Había muchísimos motociclistas sentados en las terrazas de los cafés, también familias debajo de los sauces llorones, cuyas ramas colgaban al agua; incontables patos y cisnes nadaban y comían en la orilla. El andador tiene grabada en sus ladrillos la historia del mundo; cada uno es una historia. Unas preciosas casas, con amplios y arbolados jardines, circundan el lago. Ahí se respira un aire de tranquilidad y bienestar. Después de una cerveza helada tomamos el Crown Range road, hacia otra cadena de montañas con centros de esquí, cientos de curvas muy cerradas y maravillosos paisajes. Cuando pensábamos que nada podía ser tan bello, cambió de nuevo el escenario y surgieron las altas montañas doradas que nos llevaron a la preciosa Queenstown.

Un pueblo ejemplar
No se ve una basura ni un envoltorio, así es en todo el país, limpio y ordenado. No existen los topes ni hay hoyos en los caminos. Sin embargo el manejo es difícil, por la enorme cantidad de curvas distintas, a veces cerradas y ascendentes, a veces cerradas cuesta abajo, otras casi redondas, interminables que casi se regresan a su entrada; abundan también las curvas cortas con bruscos cambios de dirección. Es sensacional. Por el cambiante clima extremoso y el mucho viento, se encuentra grava, arena o piedras por deslaves, pero el mantenimiento es continuo y todos los caminos están en perfectas condiciones. Son caminos estrechos, con muchos puentes con un solo carril. La máxima velocidad es de 100 Km por hora.

Nosotros siempre viajamos sobre los 120 km por hora, y nunca tuvimos problemas.

Los automovilistas son respetuosos y ceden el paso. Lo más complicado son las pequeñas glorietas y el manejo por la izquierda, por lo que hay que ser muy cuidadoso, sobre todo después de una parada. Hay carteles por las carreteras que advierten que se debe respetar a los motociclistas, y que se mantenga la izquierda.

Las RT se comportaron admirablemente. Bien equipadas y mantenidas, por su buen torque permiten mantener la cuarta o quinta velocidad en las curvas rápidas. Son muy cómodas y su amplio parabrisas protege del viento y de la lluvia. Aunque pesadas, son suaves y vibran poco. Jorge manejaba una Twin Cam 2010, mucho mejor y más potente. Eva, mi adorable compañera, iba muy contenta por la gran capacidad de las maletas.

Día siete. Queenstown y alrededores.
Ésta es una de las ciudades más bellas de las islas. Está situada en las orillas del Lago Wakatipu, que mide 85 Km de largo con una profundidad de 400 m. y se formó hace quince mil años, en la era del hielo, a partir de un enorme glaciar. Es la cuna del salto en bungee y escenario de la práctica de muchos deportes extremos.

Nos subimos a la góndola de Bob’s Peak para maravillarnos con las vistas del lago, y frente a éste, la cadena de montañas Remarkables, las que aparecen en la película El señor de los anillos. Bajamos por las veloces pistas de Luge, unos divertidos pequeños trineos en pista de cemento, y observamos a los ciclistas de montaña bajar por sus empinadas laderas arboladas. También es lugar de despegue de alas delta y de parapentes, que bajan en tándem disfrutando de las vistas más espectaculares que recuerdo.

El lago es claro, transparente, de color azul turquesa, con un campo de golf en una península, un hermoso cementerio floreado y muchos veleros surcando sus aguas. Está rodeado de empinadas y enormes montañas que llegan hasta la orilla. Después nos dirigimos al Shotover river para dar un paseo en los jetboats, lanchas de turbina de más de 600 hp que navegan por los cañones, dando giros de 360 grados en tan solo 10 cm de agua. Es una diversión muy emocionante y de mucha adrenalina.

En la noche visitamos buenos bares y vimos un juego de Rugby. tremendo deporte del que son campeones mundiales y del cual nació el football americano. La diferencia mayor es que los pases son para atrás y no se usan protectores de ningún tipo; luego cenamos unas excelentes carnes y mucho vino tinto en “The Flame”.

Día ocho. Queenstown-Te Anau. 180 km. Tres horas.
Salimos temprano con un día frío aunque soleado. Visitamos Arrowtown, fina ciudad del siglo pasado; bordeando el lago por 80 Km nos dirigimos al sur.

Las motos ronroneaban de gusto con las muchas curvas y las sensacionales vistas. Miramos miles de venados, ovejas, caballos y vacunos que pastaban plácidamente en las planicies y en las suaves colinas arboladas. En el camino encontramos muchos restos de possums, una especie de zarigüeya, que es la peor plaga que tienen en el país; unos preciosos halcones, los devoran; muchos halcones cazan también conejos. Por fin llegamos a la formidable tierra de los fiordos, Fiordland.

Arribamos temprano a Te Anau, un pequeño poblado de dos mil 500 habitantes a orillas del enorme lago del mismo nombre. Nuestro alojamiento era un lodge, instalado en un antiguo convento que se encontraba en el abandono. Había una nota que decía que pasáramos y que buscáramos cerveza y vino en el refrigerador. Después llegaron nuestros amables anfitriones, Margaret y George con quienes compartimos una gran velada de bohemia con piano, guitarra y órgano, cantando muchas baladas, rock’n roll, blues y rancheras, mientras consumíamos ávidamente los últimos vestigios de tequila que quedaban.

Jorge y Eva se disfrazaron con hábitos de monjas y nos matamos de risa mientras compartíamos una buena pizza.

Día nueve. Te Anau-Milford Sound-Te Anau
En la mañana nos dirigimos al lugar más increíblemente espectacular que hemos visto. Si todo el viaje había sido como un sueño, todavía nos esperaba algo superior. Fiordland es un millón de hectáreas de belleza remota y primitiva, uno de los pocos lugares de naturaleza virgen que quedan en el mundo.

Manejamos paralelos al río Englinton y subimos hasta llegar al Homer Tunnel; cavado a mano, corre en un solo sentido. Al cruzar, la vista es impresionante: cientos de cascadas de mil 200 metros de altura, caen al valle por un camino húmedo y muy curveado. Llueve en promedio 182 días del año, con casi ocho metros anuales de precipitación. Vimos los bosques nativos, las colosales montañas y cunas cascadas muy largas, como hilos de plata.

Vimos asimismo un Kea, un enorme perico más grande que una gallina, el cual devora los plásticos y asientos de las motos.

Tomamos un barco en el cual navegamos 30 Km por el fiordo, hasta llegar al frío y embravecido mar de Tasmania. Las fuertes ráfagas de viento no permitían que muchas de las cientos de cascadas llegaran al mar: se quedaban suspendidas y se disolvían en el aire. Regresamos mojados y ateridos al convento para seguir la aventura al día siguiente.

Día diez. Te Anau-Dunedin. 475 km. Siete horas.
Con tristeza nos despedimos de nuestros anfitriones: con lluvia y viento nos dirigimos por la carretera escénica del sur a Invercargill, la ciudad más austral de la isla, casa de Burt Munro, el increíble motociclista interpretado por Anthony Hopkins en El amo del viento y héroe nacional. En una ferretería se conservan sus motos HD 1920 y 1936, en las que a los 64 años, batió varios records de velocidad en Boneyville Salt Flats UT. Algunos aún perduran. Llegó a desarrollar un promedio de 320 kph en una moto a la que no me subiría aunque estuviera adosada a un tubo en un carrusel. Al sur se encuentra Stewart Island, que es el último cuerpo de tierra que hay hasta la Antártida.


Llegamos a Dunedin, preciosa ciudad escocesa. Admiramos el castillo Larnach, situado en las alturas de la península de Otago, en el Océano Pacifico con unas vistas impresionantes y hermosos jardines que tienen como tema Alicia en el país de las maravillas. Ahí disfrutamos de una cena de gala, mientras el anfitrión tocaba el piano y nos contaba la trágica historia del magnate australiano que lo construyó, quien después por despecho se suicidó en las escalinatas del congreso.

El chofer del taxi que nos enseñó la ciudad era piloto profesional de motos y nos llevó a su casa a enseñarnos sus máquinas, dos Suzukis 1000 súper arregladas. Era admirador de Bruce MacLaren, otro famoso Kiwi campeón de F1 y creador de la escudería. Tampoco aceptó propina y nos dijo que éramos “Real People” por ser motociclistas.

Día doce. Dunedin-Lake Tekapo. 420 km. Seis horas.
Viajamos por el Lindiss Pass, un camino curveado y ondulado, con vistas de lagos glaciares y una inmensa soledad. Las montañas nevadas se reflejaban en los lagos, colinas y praderas, junto a una carretera solitaria y muy rápida. Llegamos a Lake Tekapo, precioso y fosforescente.

Visitamos su pequeñísima capilla, también el monumento al perro ovejero, muy importante para los neozelandeses. Vimos algunos de aquellos canes pastores dirigiendo los rebaños de ovejas. Pasamos por el Centro Alpino Sir Edmund Hillary, bautizado así en honor del primer alpinista en subir el monte Everest, nativo de NZ. En la montaña se divisaba un enorme observatorio, ya que este cielo es de los más oscuros y estrellados del planeta, además de que el lago fosforece con la luna.

Día trece. Lake Tekapo-Christchurch. 271 km. Cuatro horas.
Más caminos hermosos, más disfrute de la moto y el final de un viaje inolvidable. Gratas experiencias en Nueva Zelanda, una tierra única en el mundo; nuevos amigos como Mike y Alison Rose, dueños de la empresa y finísimas personas que se desvivieron para hacer de este viaje una experiencia memorable.