Viridiana Álvarez descubrió la montaña cuando su vida parecía ya definida, impulsada por la necesidad de explorar algo más allá de la certeza. Lo que inició con maratones y triatlones se transformó en un camino hacia la alta montaña, elegido de forma personal y sin referentes previos.
NACIONALIDAD: Mexicana
ORIGEN: Aguascalientes
INICIO EN EL MONTAÑISMO: 30 años
PRIMERA MONTAÑA: Pico de Orizaba (5,636 m)
TRAYECTORIA EN ALTA MONTAÑA: +9 años
Más que conquistar montañas, Viridiana Álvarez aprendió a conquistarse a sí misma
Desde el Pico de Orizaba hasta las catorce cumbres más altas del mundo, su trayectoria no se centra en la conquista, sino en la transformación interior. Para ella, los récords son consecuencia del proceso y de una filosofía basada en la “mentalidad Everest”: autocontrol emocional, resiliencia y la capacidad de avanzar incluso en la adversidad. Más que una historia de alpinismo, su experiencia habla del momento en que alguien decide abandonar lo esperado para vivir desde lo posible
BM: ¿Quién o qué fue el punto de inflexión que te llevó a elegir la montaña como camino y qué aprendizaje de ese momento sigues aplicando?
VA: La montaña llegó a mi vida a los 30 años, en un momento en el que yo creía que mi carrera profesional y mi rumbo ya estaban definidos.
El primer impulso no fue la montaña, sino la necesidad de encontrar un reto fuera de la oficina. De ahí llegaron los maratones y los triatlones, y después, casi sin explicación, la montaña.
No tenía referentes ni familiares que la practicaran. Fue un llamado a explorar territorios completamente desconocidos, físicos y personales, lugares en los que jamás había estado, ni por fuera ni por dentro.
BM: ¿Qué fue lo primero que sentiste en tu cuerpo y en tu mente cuando pisaste la cima de tu primera montaña significativa?
VA: Mi primera montaña fue el Pico de Orizaba. Tenía buena condición física porque entrenaba para un triatlón, pero no sabía cómo reaccionaría mi cuerpo a la altura. Mi primer mantra en este camino fue: “No sé si lo voy a lograr, pero lo voy a intentar.”
Ahí empezó la magia. Intentar es darte permiso de fracasar, pero también de lograrlo. Recuerdo perfectamente el frío y el cansancio durante el ascenso, y al mismo tiempo una sonrisa constante. Llegar a la cima fue un logro monumental.
Ver las nubes abajo, el cráter inmenso del volcán, fue una experiencia que me inundó el corazón
En ese instante me pregunté cómo se vería el mundo desde la cima del Everest. Ahí nació el sueño de llegar al punto más alto del planeta.
BM: El montañismo te exigió negociar con tu propio cuerpo y mente. ¿Qué diálogo interno fue decisivo para seguir adelante cuando todo parecía decir que no podías más?
VA: Escuché una vez a un médico decir que cuando creemos estar agotados, en realidad solo hemos usado alrededor del 30 % de nuestras capacidades. Esa idea se quedó grabada en mí. En el Everest me dije: “No voy a parar a menos que me desmaye”
La mentalidad positiva es fundamental en el montañismo y en la vida. Elegir los pensamientos correctos me permitió ver posibilidades donde parecía no haberlas. No ha sido un camino fácil, pero creer que todo es posible me llevó a lograr récords que jamás imaginé
BM: ¿Qué significa “estar presente” en una montaña cuando el frío, el cansancio y el viento compiten por tu atención?
VA: La “mentalidad Everest”, como yo la llamo, es la capacidad de elegir conscientemente los pensamientos en función de un objetivo. Es tener autocontrol sobre lo que sucede dentro de mí.
No puedo controlar el clima ni la salud de mis compañeros, pero sí mis pensamientos. Eso es llevar la inteligencia emocional al extremo: estar a menos 40 grados y aun así decir “es un buen día”, porque mientras haya vida, hay oportunidad. La mente también se entrena.
El mindfulness es una herramienta poderosa; como cualquier músculo, requiere constancia. La constancia es elemental en la montaña y en la vida.
BM: Eres la primera mujer de América en completar los 14 ochomiles y las 7 cimas más altas del mundo. ¿Qué significado profundo tiene este logro más allá del récord?
VA: Para mí, el éxito no se mide en récords, títulos o dinero, sino en la persona en la que me convierto haciendo lo que me apasiona. La montaña me ha hecho una mejor persona, y ese es mi mayor logro. Los récords son el resultado de soñar en grande y trabajar duro. Son una prueba de que los sueños sí se cumplen, pero no se cumplen solos.
BM: Has dicho que la cima es solo la mitad del camino. ¿Qué te han enseñado los descensos y el trabajo en equipo?
VA: La montaña es una metáfora muy poderosa. Entender que la cima es pasajera, que solo dura unos minutos, me enseñó a valorar el trayecto, el paso a paso. Cada etapa importa, tanto en la montaña como en la vida.
BM: ¿Cuál ha sido la ruta más exigente que has escalado y qué experiencia redefinió tu relación con el riesgo?
VA: El ascenso al Annapurna fue uno de los más duros a nivel mental. Tiene un porcentaje de fatalidad del 33 %, lo que significa que una de cada tres personas muere intentándolo. Saber esto antes de iniciar la expedición me obligó a cambiar el enfoque: pensar en cómo vivir, no en cómo podía morir. Ahí volví a poner a prueba la mentalidad Everest.
BM: ¿Cómo ha influido tu historia en tu visión del liderazgo?
VA: Mi historia demuestra que no hay edad para empezar y que las circunstancias no nos definen. Compartir estas enseñanzas en conferencias es un regalo enorme que la montaña me dio. Hoy mi propósito es trascender, pero a través de más personas.
BM: Además del alpinismo, lideras proyectos como Líderes de Altura, Picos de América y Entre Montañas. ¿Qué los une?
VA: Líderes de Altura nace del deseo de generar impacto social a favor de la salud mental, de crear conciencia y tender la mano a jóvenes que lo necesitan.
Entre Montañas es la unión de dos pasiones: el vino y la montaña. Compartirlo con otros me emociona profundamente.
BM: ¿Cuándo escalar dejó de ser solo un logro personal para convertirse en una responsabilidad social?
VA: Cuando compartir mis experiencias empezó a inspirar a otros. Recibir mensajes de personas que se atrevieron a sacar sus sueños del cajón es una de las mayores gratificaciones de mi camino. El mensaje que más me gusta compartir es el de intentarlo. El mayor fracaso no es no llegar a la cima, es no intentarlo.
BM: Mirando al futuro, ¿qué meta sientes que aún está más alta que cualquier cima?
VA: Sigo teniendo montañas físicas por subir, pero hoy las montañas más altas son las de mi fundación y mi vida personal. Durante años las dejé a un lado. Hoy es momento de compartir y ayudar. Esas son mis nuevas cumbres
BM: ¿Hay algún proyecto que aún no has anunciado y que sientas como el siguiente gran desafío?
VA: Vienen un libro y un documental. Aún no es oficial, faltan algunos meses, pero solo pensarlo acelera mi corazón. Será abrir mi casa y mis emociones a miles de personas, con la esperanza de que se inspiren a escalar sus propias montañas.
BM: Cuando no estás entrenando o viajando, ¿qué cosas sencillas te devuelven a casa?
VA: La montaña me enseñó a valorar lo simple. A ocho mil metros, una bocanada de aire lo es todo. Al volver a casa, una regadera o una cama se vuelven lujos.
BM: Más allá de récords y cimas, ¿quién es Viridiana cuando no está demostrando nada a nadie?
VA: Una mujer a la que le gusta la aventura, vivir con propósito y agradecer cada día a Dios. Una persona ordinaria haciendo cosas extraordinarias
BM: ¿Qué aprendizaje ha sido el más difícil de llevar a la vida cotidiana?
VA: La calma. En la montaña el tiempo se vive distinto; te permites parar y observar.
En la ciudad todo va más rápido y a veces solo ejecuto. Mantener esa tranquilidad sigue siendo un reto.
BM: ¿En qué momentos decir “no” ha sido más valiente que seguir avanzando?
VA: La vida es una sola. Decir “no” a veces se percibe como fracaso, pero también es un acto de valentía reconocer nuestros límites. “También es un acto de valentía reconocer nuestros límites”
BM: ¿Qué montaña te enseñó a escuchar?
VA: El autoconocimiento es la herramienta más poderosa que tenemos, pero requiere valentía para mirar hacia adentro, explorar grietas y lados oscuros. Desde ahí aprendí a escucharme. En la montaña he tenido que tomar decisiones importantes y entender desde dónde las estaba tomando: desde el ego o el miedo.
BM: Cuando mires hacia atrás ¿qué te gustaría reconocer como lo más valioso que dejaste en el camino?
VA: Me gustaría ser recordada como una mujer que dejó a un lado lo que se esperaba de ella y se atrevió a vivir una vida de aventura y pasión por las montañas.
Viridiana Álvarez convirtió la montaña en un espacio de transformación: donde el ego se disuelve, el miedo enseña y cada paso exige presencia. Sus expediciones reflejan conciencia, disciplina y propósito. Hoy, sus cumbres están también en compartir e inspirar, demostrando que el verdadero logro no es llegar más alto, sino entender que siempre es posible comenzar.